miércoles, 9 de agosto de 2017

Cuando el Zabal era el Vergel de La Línea



Para mostraros este reportaje de Fotografías del Fondo fotográfico de Francisco Tornay de Cozar del Archivo Histórico Municipal de La Línea, he querido acompañarlo con el Artículo escrito también por Francisco Tornay "Una Cultura Hortelana Linense" publicado en la Revista Almoraima núm. 6.

Espero que os guste:


Desde los más remotos tiempos, cuando Gibraltar aún era una ciudad española, y su término municipal lo constituía lo que hoy es el Campo de Gibraltar incluyendo por supuesto los arenales donde se asienta nuestra ciudad de La Línea- ya se cultivaban viñas, hortalizas y frutales. Escribe el historiador Ayala que " ... todo este terreno estaba poblado de viñas desde casi doscientos años antes que se perdiera Gibraltar en 1704. Por lo menos estaba plantado desde el Guadarranque hasta los puertos, al cortijo que al presente se llama de la Torrecilla de Guadalquitón y Fuente de la Doctora, sin más tierra vacía que las sendas necesarias para que los cosecheros y trabajadores fuesen a las haciendas".


Esto viene a demostrar que la agricultura siempre fue la principal riqueza de esta zona, cultivos que habían quedado abandonados como consecuencia de los asedios puestos a Gibraltar durante el siglo XVIII. En un plano militar de 1779-1782, se puede observar la existencia, en los terrenos del istmo cercano al Peñón, de unas parcelas con el nombre de "Huertas de Genoveses", las cuales quedaron arrasadas como consecuencia de los bombarderos de la artillería, tanto inglesa como española, de aquellos años. 




Sin embargo, en esta parte de acá del istmo, sólo a partir de 1810, cuando son demolidas las murallas de las fortificaciones españolas de La Línea de Gibraltar, durante nuestra Guerra de Independencia. España e Inglaterra eran aliadas en la lucha contra Napoleón, y como consecuencia de la buena armonía que reina entonces entre ingleses y españoles, se abren las comunicaciones por tierra con Gibraltar y ello da paso a que familias de genoveses procedentes de aquella plaza, y otras de San Roque, se afinquen en el arenal, tras las ruinas de aquellas fortificaciones. Allí establecen huertas y viñas donde durante muchos años sólo habían crecido cañaverales, juncos, pitas y chumberas, entre las numerosas dunas que durante miles de años los vientos dominantes habían configurado la topografía del istmo.

No debemos olvidar, pues, que a los hortelanos debe esta población su fundación como ciudad. En el año 1869 el barrio de La Línea, dependiente del municipio de San Roque, ya contaba con 150 huertos, 136 casas y 330 vecinos, los cuales elevaron una Moción a la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio solicitando la segregación de este barrio del Municipio de San Roque. 




El 20 de julio de 1870 y tras un porfiado forcejeo con el ayuntamiento sanroqueño, su antiguo barrio de la "Línea de Gibraltar" se convertía en villa independiente. Y por un simple certificado de la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio, mejor dicho de la Diputación Provincial de Cádiz, se le otorgaba como término municipal el que disfrutaba su pedanía antes de la segregación: media legua de ancho por dos y media de largo, superficie comprendida entre el Cachón de Jimena y el Arroyo de Guadalquitón, por la Huerta de Rango, formando ángulo con la Pedrera y arenales de la Atunara.

Y una de las principales razones que exponían aquellos linenses en su petición de segregación, era precisamente, que existían 150 huertos, incluyendo las 38 fanegas de las Hazas de Antonio Herrera en Sabá (El Sabál), de cuyos variados y ricos productos hortícolas, después de cubrir las necesidades de esta localidad, quedaba un importante sobrante que exportaban a la vecina plaza de Gibraltar para el consumo de su guarnición militar y población civil, el cual dejaba substanciosos beneficios económicos muy necesarios para La Línea. 




Estas exportaciones ya venían avaladas por una declaración conjunta que en 1815, recién terminada nuestra Guerra de Independencia, hicieran los gobernadores británico de Gibraltar y español del Campo de Gibraltar, cuyo texto es el siguiente:

En caso de necesidad, el comandante de la línea facilitará a las tropas y habitantes que hayan en el terreno neutral, cuantos auxilios dicte la buena armo nía que reina entre ingleses y españoles, proclamando que el tráfico de víveres se haga de día, y que de noche no haya roce ni comunicación alguna, celando este asunto con la circunspección que se merece".

Por ello, cuando al principio nos referíamos a una cultura hortelana linense, indudablemente estábamos hablando de las peculiaridades de la influencia de los hortelanos en las costumbres y medios de vida del pueblo de La Línea. Y que por el hecho -no de poca importancia, de haber convertido áridos arenales en auténticos vergeles, ya son merecedores de nuestro mayor aprecio y consideración. Porque fueron auténticos héroes, titanes de voluntades de acero y espíritu de sacrificio, que libraron singular batalla contra la ferocidad de los vientos de Levante -predominantes la mayor parte del año fijando las arenas por medio de setos o vallados de pitas, chumberas, cañaverales o empalizadas para defender los sembrados de los efectos de la erosión que los arruinaba. 





Imaginemos que estos cultivos ya se hacían en el siglo XVIII, tras las fortificaciones de la "línea de Gibraltar", para suministrar hortalizas y frutas al ejército español que la guarnecía durante y después de los asedios a Gibraltar.

Por un Acta de la sesión celebrada por la Corporación Municipal de esta ciudad el 28 de septiembre de 1876 sabemos que los terrenos baldíos existentes en este término desde los principios de la fundación de La Línea, y que tenían carácter de comunales, comenzaron a ser concedidos por el Ayuntamiento a los vecinos que así lo solicitaban, para la plantación de viñas, frutales y hortalizas, obligándose a los solicitantes al pago de un determinado canon que oportunamente le sería fijado; se verifican tales plantaciones, a título de ensayo, y ante la buena perspectiva que estos ofrecían, es tal el aumento de las peticiones de estos terrenos comunales, que el Ayuntamiento se ve obligado, a suspender estas concesiones e instar de quien corresponda la autorización para dividir en suertes, el terreno comunal reconocido por San Roque, como perteneciente a esta Villa, repartirlo entre todos los vecinos que tengan derecho a ser incluidos en sorteos. 




En aquellas fechas algunos huertos se encontraban dentro del mismo casco urbano, tales como los de Roteño, Fava, Russi, Garesse, Pajareros, Caracolito y de Pedro Vejer. En un plano del término municipal de La Línea, levantado por el E.M. del Ejército en 1898 se perfila el casco urbano con calles sin nombres. En cambio los de los huertos vienen escritos con toda claridad. Muchos de esos nombres son los de Ramírez, Mondéjar, Capitán, Norte, Ciriaco, Blanca, Domenech, Patas Largas, Genovesa, Mesa, Clemente, Vanee, Podesta, Valarino.

Algunos de ellos son viñas, y otros de flores como los de la Genovesa y Parra, incluyendo también los Jardines de Saccone, hoy juntamente con la Villa San José (Museo Cruz Hererra), propiedad del Ayuntamiento. Fundador de estos bellos jardines fue don José Codali Butti. Otros desaparecieron al ser abandonados por las crisis por las que atravesó esta Villa, como la epidemia de cólera morbo asiático de agosto de 1885, o porque sus propietarios encontraron empleo u otros medios de vida en la vecina colonia de Gibraltar. 





Los huertos dedicados al cultivo de flores obtenían el crisantemo, con su mayor venta en la conmemoración de los Fieles Difuntos para la confección de coronas o ramos, rosas, claveles, nardos, dalias, jazmines, margaritas y meneitos.

Fieles exponentes de la floricultura linense son algunos nombres de nuestras calles, como Jardines, Las Flores, Clavel y de la Rosa. 











Un capítulo muy interesante de la horticultura linense es el referente a los sistemas de regadío, tales como el de balancín o cigoñal (vulgarmente llamado cigüeñal), adaptado de los utilizados en la antigüedad en Egipto y Marruecos.

Consistía el cigüeñal en un palo inclinado sobre una horquilla vertical. En el extremo de la parte superior llevaba enganchado un palo más fino y abajo del mismo un recipiente de madera o metálico, a guisa de cubo, que se metía en el pozo y luego era elevado por medio de un contrapeso en el extremo de abajo. El agua extraída se vertía en un pequeño estanque junto al pozo, y desde él se distribuía a los sembrados conducida por canalillos o acequias de ladrillos sobre el suelo que cubrían toda la superficie del huerto.

Este sistema lo utilizaban sólo los pequeños huertos, tanto de flores como de hortalizas. Las huertas más importantes regaban por medio de norias, de las llamadas bordigueras o de arcaduces; la gran rueda de madera vertical engranada a otra más pequeña horizontal, era movida por una palanca de la que tiraba una caballería, usualmente una vieja acémila, con los ojos vendados y al son de campanillas y cascabeles. El agua sacada por los arcaduces caía en una gran alberca de donde por medio de acequias muy parecidas a las de las huertas murcianas, los hortelanos la iban distribuyendo por estas bifurcaciones hasta los cultivos de hortalizas y frutales. 





Esto me recuerda a la famosa y antigua "Huerta de Fava", cuya noria, tan añosa como la propia huerta, regaba sus excelentes tierras de cultivo, unas tierras que tiraban a color negro, tal vez debido a sus muchos años de laboreo con el estiércol de las caballerías, ya que los abonos químicos apenas se usaban en aquellos tiempos.

La Huerta de Fava, era una de las más importantes de La Línea, y sus productos de los más selectos. Y digo esto, por propia experiencia, ya que este servidor de ustedes, se crió frente a la misma, y en mi niñez, fueron muchas las lechugas, zanahorias y mazorcas de maíz que degusté en mis correrías con otros compañeros de aventuras en los plantíos de Don Esteban Fava, su dueño.

Daba gusto ver, mejor dicho saborear, aquellos exquisitos tomates, lechugas, zanahorias, rábanos, coles, nabos, berenjenas y acelgas. Blanquísimos y tiernos apios como también los fresones y sandías, porque de todo producía aquel paraíso verde. Comentario aparte tienen sus maizales. ¡Aquéllas mazorcas con granos de maíz del tamaño de garbanzos y dorados como el sol de Andalucía! 







Continuando con el regadío de los huertos linenses, no podíamos dejar fuera el sistema más típico y original de todos: era el practicado a mano por medio de charcas perennes abiertas a nivel freático, bordeadas de cañave­rales, con entradas y salidas por los lados.

Desde aquellas charcas sacaban el agua por medio de latas de unos 15 litros cada una, de las que servían para envasar el petróleo antiguamente. A estas latas cuadradas se les colocaba un trozo de madera en la misma boca, clavado por fuera con trozos de cuero que le servían de asas. Con estas latas, una en cada mano, los regadores entraban y salían de las charcas, corriendo por las veredas de los huertos vertiendo el agua en los sembrados de hortalizas, sobre unos trozos de esteras o arpilleras para que al caer el agua no descamaran las raíces de las plantas. 








Estampa pintoresca la de los regadores a mano, braceros empleados temporalmente por los hortelanos, con poco sueldo y la comida en jornadas de sol a sol. Eran hombres curtidos por el sol y los vientos de levante. Descalzos con los pantalones arremangados, camisas raídas, pañuelos de hierba atados al cuello para detener el sudor y tocados con sombreros de paja para protegerse de los rayos del sol. Con una lata en cada mano, aquella especie de Ilotas de las huertas, animaban sus duras jornadas de trabajo canturreando o más bien susurrando coplillas de reminiscencias moriscas, de cuando estos cultivaban los vergeles de su entrañable Andalucía. Origen por qué no, del cante jondo, esos lamentos y quejidos que taladran el alma.

Me contaba mi amigo Guillermo Fonseca, poeta y escritor linense, en nuestras charlas de tertulias de cafés, curiosos episodios y anécdotas sobre las huertas y hortelanos, de su vida cotidiana y costumbres, que han dejado profundas huellas en la vida del pueblo de La Línea.









Me ponía como ejemplo de esa cultura hortelana linense la Huerta de Fernández, situada en la zona Norte, lugar que hoy ocupan "Los Junquillos". Esta huerta la cultivaba su abuelo Manuel Fernández, heredada de sus antepasados. Don Manuel Fernández era toda una personalidad entre los hortelanos de La Línea. A finales del pasado siglo, al perderse nuestras colonias de ultramar en 1898-99, Don Manuel Fernández regresó de la isla de Cuba, donde había servido durante ocho años y ya con el grado de sargento. Durante aquellos largos años, el personal que trabajaba en la huerta, ya casi una familia, no había cobrado ni un solo céntimo por su trabajo, aunque sí su mantenimiento. Y como premio de ello, el poco dinero que traía ahorrado de la perla antillana, lo repartió entre aquellos buenos hombres. Aún no se habían inven­tado los convenios colectivos y sin embargo en los huertos de La Línea ya se vivía una especie de cooperativismo colectivismo agrario de uso casero.








Don Manuel Fernández hablaba el inglés perfecta mente. Era gran aficionado al teatro, y por lo tanto muy conocido en el mundillo teatral, tanto en Gibraltar como en La Línea. En Gibraltar conoció a la actriz italiana Lisa Lluifredo, con la que contrajo matrimonio y tuvo varios hijos. Por ello podemos decir que era el hortelano de más cultura de esta localidad, como también el más respetado por sus paisanos por su experiencia y sabiduría, y por ello requerido por los hortelanos, que le consideraban como un patriarca, y como hombre bueno mediaba cuando se planteaba algún conflicto entre ellos. También era invitado por los cultivadores de sandías para que diera su visto bueno al sandial que ya estaba a punto de recolectar. Acto que se consideraba como un ritual cucurbitáceo y celebrado con fiestas, como las de la Vendimia jerezana, pero con bailes y degustaciones de suculentas tajadas de sandía, de pulpa roja como la sangre y dulce como terrones de azúcar, cuyo líquido servía como agua de bautismo de las nuevas proles hortelanas linenses. 










También en las huertas de La Línea se celebraban funciones de teatro de aficionados, como las del Grupo denominado "El Cañizo" de la Huerta del abuelo de Fonseca. Se celebraban bailes, durante bautizos o bodas de hortelanos; se organizaban rondallas de guitarras, laúdes y mandolinas; coros de Navidad y comparsas de Carnaval. Tenían lugar tertulias, en las que se hablaba de literatura, política o cuestiones sociales, así como lecturas en el verano bajo la parra o el cañizo, y durante el invierno al calor del hogar. Si esto no es una cultura, qué otra cosa puede ser. Incluso nuestra Velada "La Salvaora" fue hortelana en su juventud y ha terminado marinera a orillas del Mediterráneo, el mar de la cultura, junto a la mitológica columna de Hércules o Roca de Calpe.

La Línea de la Concepción, en definitiva, es como una goleta cargada de flores varada entre dos mares.











¡¡¡¡¡ A que teníamos un verdadero Vergel. !!!!!



Luis Javier Traverso Vázquez
 "La Línea en Blanco y Negro"


Bibliografía: Una Cultura Hortelana Linense de Francisco Tornay de Cozar publicado en la Revista Almoraima, número 6

Fotografías: Fondo Fotográfico (Diapositivas) de Francisco Tornay en el Archivo Historico Municipal

1 comentario:

  1. ¡Qué maravilla de vergel! y que pena más grande no tenerlo ya. Buen reportaje.

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