lunes, 4 de febrero de 2013

Alfonso XI, el Rey que vivió, amó, luchó y murió en La Línea





Alfonso XI estuvo durante su reinado dos veces en nuestras tierras, la primera vez fue el 26 de junio de 1.333, cuando acude a socorrer la plaza de Gibraltar. Lógicamente, todavía no había sido ni engendrado el pueblo de La Línea.

El alcaide de Gibraltar en esas fechas era Vasco Pérez de Meirás y su codicia fue tan extremada que no solo se apropió indebidamente de los fondos destinados a pagar a la guarnición y a pertrechar la defensa de la fortaleza, sino que incluso llegó a vender víveres a los musulmanes, dejando a Gibraltar en lamentable abandono. Abd al-Mallk, hijo del sultán de Marruecos, aprovechó este abandono para situar y asaltar la plaza apoderándose de ella El rey castellano, que más bien habría que titular andaluz, pues su vida estuvo íntimamente ligada a Andalucía, tan íntimamente que en Andalucía encontró el amor apasionado, la muerte y su eterno descanso; convoco inmediatamente un Consejo de Guerra para solicitar ayuda y consejos para recuperar la plaza perdida. Los preparativos se llevaron con tal rapidez que el día 26 de junio, nueve días después de que el traidor entregara la fortaleza, ya se encontraba en las alturas de Sierra Carbonera con el grueso de su ejército situado en las vertientes que conducen al Istmo y la retaguardia en la cima.



En estas fechas Algeciras estaba en poder del sultán de Marruecos y el reino nazarí de Granada llegaba con sus fronteras hasta el rio Guadiaro, lo que justifica la estrategia seguida por don Alfonso. El ataque a Gibraltar no tuvo éxito por la indisciplina de las tropas que cayeron en más de una celada, a pesar de haber sido advertidos sobre ello. El asalto se convirtió en sitio.

Este sitio se distinguió en la historia del Campo de Gibraltar por ser el último en que se utilizó, a excepción de las ballestas, sólo armamento de la época romana como arietes, torres de asalto, catapultas, pez hirviendo, etc..

Pronto iba a parecer la artillería cambiando todos los esquemas de ataque y defensa empleados hasta entonces. Mallk, ante la presencia de las tropas cristianas, pidió ayuda al rey granadino Muhammad IV, que pronto acampó en las márgenes del rio Guadiaro obligando al rey cristiano a adentrarse más en los arenales del Istmo. Tropas de Mallk y de Muhammad IV se unieron en Sierra Carbonera con el fin de atacar a Alfonso XI, pero no se atrevieron ya que el mar impedía cualquier movimiento sobre los flancos.

A pesar de que existía casi un equilibrio de fuerzas, Gibraltar podía caer en cualquier momento, ya que los defensores estaban agotados. No obstante, el Onceno tuvo que renunciar debido a problemas de orden interno y a la muerte de su hijo primogénito don Fernando. Se firmó un tratado de paz por cuatro años por los tres soberanos el 24 de agosto, con lo que el Rey Alfonso XI el Justiciero permaneció esta primera vez en nuestro suelo, dos meses menos dos días. Este tratado costó la vida al rey granadino al ser asesinado por ello.

En Castilla las luchas interiores perduraban desde que murió el padre de Alfonso XI. Primero fue entre los aspirantes a la tutoría del monarca, con lo que su niñez fue acompañada de intrigas y querellas hasta el extremo de poner en peligro su propia existencia.

Su carácter se fue formando oyendo hablar de conjuras y maquinaciones, por lo que pronto adquirió una precoz
madurez. Después fueron las luchas contra el Islam.

Catorce años tenia el rey cuando cansado de estas contiendas, resolvió encargarse del gobierno reuniendo al
efecto Cortes en Valladolid en 1.325. En esa fecha «Todos los ricos-ornes et los caballeros vivían de rooos et ae tomas que facían en la tierra et los tutores consentianselo por los aver cada uno de ellos en su ayuda..».

Para hacer frente a esta situación, el rey-niño sólo disponía de una energía violenta y tenaz, heredada de su abuelo Sancho IV; de una completa falta de escrúpulos, que se revela en el caso frecuente de pasar a cuchillo a los que se rendían fiados en la palabra real y de aptitudes naturales para la política. Si no hubiese muerto a tan temprana edad —murió a los 38 años— hubiese logrado lo que siglo y medio más tarde consiguieron los Reyes Católicos: el fin de la Reconquista, la unidad política, la unidad religiosa, el reforzamiento de la autoridad real, etc.




Le tocó reinar en una época de turbulencias continuas. Al tiempo que combatía a los hijos de Mahoma tuvo que dar la batalla a los grandes señores, que con su ciega codicia y su feroz egoísmo impedían cualquier empresa grande como la que pretendía el Onceno al querer expulsar a los musulmanes de la Península, hecho que hubiese ocurrido, como dice el historiador musulmán granadino Albenaljalib «de no haberlos mirado Dios (a los musulmanes) con ojos de misericordia».
Alfonso XI, aunque casado por motivos de Estado con doña María, hija del Rey de Portugal, a la que no quería; cuando tenía 20 años de edad conoció en Sevilla a doña Leonor de Guzmán, que había enviudado a los 19 años del noble caballero don Juan de Velasco. La extraordinaria hermosura de ésta le enloqueció. Era esta señora, a decir de las crónicas, «muy fljadalgo et en fermosura la más apuesta muger que avia en el regno». Esta señora supo inspirar al monarca una loca pasión esclavizándole durante toda su vida. Dio al soberano nueve hijos y una hija, a los cuales el rey dotaba y ponía casa como si de Infantes se tratasen. Su actitud amorosa fue tan escandalosa que el papa Benedicto XII hubo de amonestarle para que cesara en esas relaciones, aunque el soberano no le prestó mucha atención ¡que nadie le hable de abandonarla! decía. En fin. olvidemos sus flaquezas para admirar sus cualidades, que fueron muchas.

La segunda vez que Alfonso XI el Justiciero recorrió nuestras tierras fue en el año 1.349 para establecer un nuevo sitio a Gibraltar, pero antes había tomado parte en dos importantísimas batallas en el Campo de Gibraltar, que no me resisto a mencionar aquí.

La primera tuvo lugar en octubre de 1.340 en las inmediaciones del pequeño rio Salado, cerca de Tarifa, donde el Islam sufrió, de las tropas cristianas, la que se considera la mayor derrota jamás sufrida por las armas musulmanas y donde se puso fin a las probabilidades de invadir nuevamente la Península a través de la cabeza de puente que pensaban restablecer una vez conquistada Tarifa; el botín capturado —doblas de oro, joyas, espadas, paños de oro y seda— fue tan grande que el precio del oro bajó considerablemente. Sin embargo, las llaves de España, Gibraltar y Algeciras, seguían en manos africanas. Estaba bien demostrado que en cualquier ocasión crítica los musulmanes de este lado del Estrecho pedían auxilio a los de África desembarcando éstos en Algeciras.

La segunda tuvo tugar durante los años 1.342-1.344. Esta campaña fue una de las más largas de la Reconquista. Comenzó en agosto de 1.342, fecha en que quedó bloqueada Algeciras que se hallaba en poder musulmán desde la invasión realizada en el siglo VIII. En esta campaña, los sitiadores se vieron extraordinariamente sorprendidos cuando al dirigirse a sus posiciones, consideradas hasta entonces de seguridad, oyeron lo que al principio creyeron que era un trueno; enseguida enormes bolas empezaron a caer entre las tropas cristianas. No eran los estampidos, a pesar de las consecuencias de índole moral, lo que preocupaba a don Alfonso sino el efecto de las bolas que, según las crónicas, cortaban los miembros como un «cochiello»; pero además, cualquier hombre que resultara levemente herido por ellas, moría pronto por gangrena.

Estaban bajo el fuego de un arma totalmente nueva en España, aunque algunos autores situando por primera vez su aparición en 1.331 en la batalla de Alicante y Orihuela; lo que si podemos asegurar es que en la batalla de Algeciras se utilizó, sin ninguna duda, la artillería por primera vez en el Campo de Gibraltar. En el futuro los cañones iban a decidir el resultado de muchas batallas, especialmente en los asedios que más tarde sufrió
Gibraltar.

El espanto causado en principio, fue más tarde dominado por el valor y don Alfonso, que era un buen estratega, tomó las posiciones adecuadas y supo cuándo debía estar a la defensiva y cuándo pasar a la ofensiva, el caso es que los musulmanes capitularon el día 26; y el día 27 de marzo de 1.344, víspera del Domingo de Ramos, los musulmanes entregaron Algeciras tras firmar un tratado, en virtud del cual, el africano renunciaba a sus sueños de intervenir en la Península y el granadino reiteraba el pago del obligado tributo. No obstante veinticinco años más tarde Algeciras pasó nuevamente a poder musulmán.

Al día siguiente, Domingo de Ramos, entraron las tropas cristianas en Algeciras en gran procesión con palmas en la mano. Don Gil, arzobispo de Toledo, consagró la gran mezquita como iglesia de Cristo, después de ser purificada según los ritos cristianos, poniéndole a continuación el rey el nombre de Santa María de la Palma.

Un asedio largo y costoso había terminado felizmente, pero Algeciras sin Gibraltar era una victoria a media. El soberano seguía sintiendo el dolor de la perdida de la fortaleza ya que el hecho ocurrió durante su reinado, pero una de las condiciones negociadas por Abul Hassan, sultán de Marruecos; por Yusuf, rey de Granada y aceptada por don Alfonso, fue una tregua de diez años, por tanto hasta 1.354 no podía hacer nada.
Sin embargo, en 1.348 Hassan fue destronado por su hijo, hecho que liberó al monarca de sus obligaciones respecto a la tregua pactada.

Mientras tanto, en mayo de 1.344 y para reconocer los servicios que le habla prestado Tarifa concede a la ciudad el privilegio de poder celebrar una feria anualmente que debía comenzar a mediados de julio y debía durar hasta primero de agosto, para que pudiera ir todo el que quisiera salvos y seguros y pudieran en ella comprar y vender. Manifiesta así don Alfonso la importancia de los intercambios comerciales entre ambas orillas del Estrecho, de los que el rey pretendía hacer participe a su villa.

En diciembre de 1.348 el Rey ya no puede aguantar más y anuncia las Cortes que se proponía sitiar Gibraltar al año siguiente. En agosto de 1.349, previo los preparativos propio de este tipo de operaciones y según el plan previsto, acampó al norte del istmo, o sea, en los alrededores de Carteya. En principio intentó tomar la plaza al asalto, acometiendo a la fortaleza con tal denuedo y violencia, por medio de los más poderosos artefactos bélicos entonces conocidos, que los defensores estuvieron a punto de rendirse, ante el temor de sufrir otro sitio tan prolongado como el de Algeciras. No obstante, la escasez de dinero, rémora constante de las mayores empresas, obligo a don Alfonso a desistir de tomar la plaza por asalto determinando sitiarla, y para ello arrasó totalmente las huertas y sembrados existentes en terrenos donde hoy está asentada La Línea. A continuación colocó sus reales en la explanada formada al este por el Istmo, probablemente en los alrededores de la Atunara. El campamento fue instalado no solo con espaciosas tiendas de campaña sino que se construyeron edificios de obra para las damas y altos dignatarios de la Corte. El prior soberano, acostumbrado a la dura vida de campamento, tampoco se quiso privar en aquella ocasión de la agradable compañía de su favorita, Leonor de Guzmán a la que llevó consigo junto con cuatro de sus hijos y su hija Juana, dejando en Sevilla a su único hijo legitimo don Pedro que contaba entonces quince años de edad, ante la posibilidad de prolongarse demasiado la conquista de la anhelada fortaleza.

Corría ya el mes de febrero de 1.350, siete meses hacia que comenzó el bloqueo y su resultado era hasta entonces, negativo Los musulmanes eran abastecidos en abundancia con frecuentes socorros llegados a la costa africana, ante la impotencia de la escuadra castellana. A esta contrariedad vino a sumarse otra peor, que iba a impedir, en esta ocasión, la conquista de Gibraltar. Una epidemia de peste venia asolando Europa desde hacia dos años y ésta hizo su aparición en el campamento, asentado en terrenos de lo que más tarde sería La Línea de la Concepción. Los príncipes don Fernando de Aragón y de la Cerda, los hijos bastardos del rey, los grandes maestres de las Ordenes y cuantos personajes se hallaban presentes aconsejaron al monarca que levantase el sitio. A estos ruegos se unió su amante Leonor de Guzmán, pero todo fue inútil, Alfonso XI desechó lágrimas y consejos pues tenía, según él, la fortaleza a punto de rendírsele y seria una vergüenza si debido al temor de la muerte la dejaba como estaba. El soberano se negó a levantar el sitio y ningún español admitió temer a la muerte.

La peste bubónica, que continuaba diezmando las filas del ejército, pronto acometió al mismo rey con tal intensidad que murió el Viernes Santo, 27 de marzo de 1.350, cuando estaba cerca de obtener toda la Península para la Cristiandad. Alfonso XI el Justiciero para unos, y el Cruel para otros, según fuesen beneficiarios o victimas, disfrutaba de tal fama que los primeros en respetar y sentir su muerte fueron sus enemigos, que suspendieron todos los ataques previstos, pues comprendieron que nadie tendría la suficiente audacia para emprender una acción contra el ejército cristiano. Ese día un noble rey y un gran príncipe del mundo había muerto.

Fueron muchos los musulmanes que fueron a presentar sus respetos al rey de cuerpo presente, algunos de ellos, y cuando las tropas cristianas comenzaron a levantar el campamento y a retirarse de sus posiciones delante de Gibraltar llevándose con ellos el cadáver del monarca, la ciudad de Gibraltar y su guarnición salió, parte de ella fuera de las murallas y parte se formó en las almenas.

Hombre excepcional en sus virtudes y en sus errores, Alfonso XI fue el último de los reyes de Castilla capaz de
concebir grandes empresas. Fue el último rey-caudillo, y al servicio de la defensa de España puso condiciones admirables de valor personal, de constancia, de talento militar y de habilidad diplomática.

Los restos mortales de este monarca recibieron provisionalmente sepultura en la Capilla de los Reyes, en la Catedral de Sevilla, para más adelante y cumpliendo su última voluntad, ser trasladado última voluntad, ser trasladado a Córdoba a la Real Colegiata de San Hipólito, donde descansan finalmente junto a los restos de su padre Fernando IV.

En esta última ocasión Alfonso XI disfruto del clima y de los frutos de nuestra tierra durante siete meses largos.
Durante este tiempo, gozo de los amores de Leonor en las claras noches linenses, cuando la luna se posa sobre nuestras playas o al calor del lecho oyendo gemir al altanero Levante.

Creo que no estaría mal considerar, por un lado, el largo tiempo que estuvo en tierras de nuestra querida La Linea — pocos pueblos en España han albergado durante tanto tiempo a un rey— y, por otro, la liberación del dominio musulmán que llevo a cabo en la zona del Estrecho, para estudiar la posibilidad de levantar una estatua de Alfonso XI en los Jardines Municipales — por ejemplo— para gloria de él y de La Línea. En el pedestal podría colocarse la siguiente inscripción: En tierras de La Línea de la Concepción vivió, amó, luchó y murió para hacer grande a España.



Francisco Millán Reviriego
















Luis  Javier Traverso






Publicado en el périódico AREA en el extra de Navidad del 22 de Diciembre de 1987.



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